A LOS 6

AÑOS

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“Tengo una anécdota horrible, espantosa, feísima…

 

La familia de mi padre venía de Riobamba, y mi papá nos mandaba a pasar las vacaciones en el Hotel Metropolitano, que era el mejor de Riobamba en ese tiempo (años 40). Recuerdo que estos viajes se hacían en tren, y en aquella ocasión viajamos con otros guayaquileños, eran conocidos, pero mayores, compañeros del Cristóbal (Colón). Gilberto, uno de ellos, me metió en un baño y me lo enseñó, y yo me asusté porque lo vi lleno de pelos, y yo no tenía pelos porque tenía seis años.

 

Me acuerdo que, luego, en la planta baja del hotel vi a estos mismos chicos corriendo y lo único que hice fue meterme debajo de una banca para que no me vieran.

 

Pasa el tiempo, yo tenía 17 años. A la entrada de Urdesa, donde ahora venden cosas de pintura, había lo que llamábamos “El Golfito” (golf en miniatura). Yo estaba ahí, con Juan Federico, amigo del colegio, y delante de nosotros unos chicos. En eso escucho un —Gilberto, te toca. – Automáticamente retumbó en mi cabeza, me morí del susto, lo único que recordaba de él era ese nombre. Recordé que Gilberto era ese señor.

 

Yo sí pensé que él me había violado…

 

Unos años después, en tiempos universitarios. Estaba yo en la barra de un bar de la ciudad, y alcanzó a ver a un tipo que me hace de la mano, yo sin saber devolví el saludo. Este señor se me acerca y era él, Gilberto. Se acordaba de mí y de lo que había hecho. Fue directo: me pidió perdón. El alivio fue inmenso, sentí que me quitaba una piedra con la que había cargado tantos años.”