EL CAPITÁN

DEL PUERTO

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“Yo siempre tuve excelentes calificaciones en el colegio. Un día estaba parado viendo el cuadro de honor en el primer piso, donde lo tenían en el Cristóbal (Colón) y vino un tipo y me punteó, pero un tipo ya grande.  Yo estaba en segundo año y este estaba en sexto. No hice nada, salí corriendo asustado, nunca me habían punteado.

Muchos años después – porque quiero empatar una cosa con otra –  me hice íntimo amigo de Paquito (nunca tuve nada con él, ni él conmigo porque yo soy muy inteligente y yo sabía que si hacía algo así, perdería la amistad, cuando yo era abogado del Banco Central y él me buscaba a cada rato para el contrato de tal o cual cosa), durante diez años, cuando salía del trabajo iba a “Lo Alto” (la casa de fin de semana de su familia), se llamaba así porque quedaba en un cerrito de la Vía a Daule. Aquí se reunían los amigos de Paquito todas las noches. Conversaban, bebían, fumaban o jalaban, pero además llevaban chicos bonitos de compañía para acostarnos con ellos.

Luego de ausentarme por un tiempo a “Lo Alto”, llegó un día allá, y entre sus invitados, que no eran muchos, se aparece el capitán del puerto. Este señor, mayor que yo, resulto ser él, el que años atrás me había punteado frente al cuadro de honor del colegio.

Esa noche, un amigo, Fabián, se lo tiró, e hicimos un tren, y a mí me parecía mentira que esto estuviera pasando”.