NO HABÍA PARA

QUE DECIRLO

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“En mi familia, ni en ninguna de las buenas familias se hablaba de eso. Yo estaba aseguro que un tío mío era gay, pero eso jamás se trataba en conversaciones familiares.

En esa época más allá de que era penalizado por la ley, no sentía la necesidad de decirlo. Además de que yo cumplía: era buen hijo, buenas calificaciones, buen colegio, buenos amigos. No tenía para que arruinar todo eso contándole a mis padres que me gustaban los hombres.

Mi papá mataba por mí. Recuerdo cuando iba a pasar a sexto año de secundaria, uno de los sacerdotes del Cristóbal quiso negarme la matrícula a mí a otros dos compañeros por una supuesta falta de conducta. Mi papá y mi mamá fueron a pelear hasta la último para que yo me quedara en el colegio. Nunca tuve ningún problema con ellos. Eso sí, no eran ningunos cojudos, si se imaginaron que yo era gay, no fue porque yo se los dijera.”