PAQUITO

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“—Tienen razón, ¿Por qué se mete usted con sus empleados del banco, si son los primeros que van a hablar? —le decía yo—. Afirmando lo que algunos de sus amigos le aconsejaban acerca de no llevar desconocidos a Lo Alto.

Yo iba todas las noches para allá.

—Escoja, escoja —me decía él.

Me he acostado con los chicos más pintas de Guayaquil. Les pagaban a estos chicos y los llevaban para acostarnos con ellos. Eso sí, lo que dicen que en bandejas de plata había harta cocaína, es mentira. Paquito abría un cigarrillo y de ahí jalaba, hasta que yo me fui a Chile y le traje una cucharita de bronce, o de cobre, para que se sirviera.

Inclusive sus sobrinos se construyeron una casa detrás para no joder al tío.  Se turnaban la casa porque ellos también era culionsísimos, pero con mujeres.

Entonces, (porque me estoy desviando de la historia) un día llegó (a Lo Alto) un tal Alfredo, empleado del banco. Un tipo que no quería y no hizo nada.

Al día siguiente me llama Paquito, (yo seguía siendo abogado del Banco Central) y, preocupado, me dice:

—Brother, imagínese que este hijo de puta que vino anoche, ha llegado al banco y ha contado todo. Ya hasta mis sobrinos saben, y me han venido a putear.

Me tomé la cabeza, y sabía que los sobrinos tenían razón en putearlo. Le recordé cuántas veces le había dicho que no se metiera con sus empleados, con tantas vergas sueltas en la calle… Se resintió. Y por ese resentimiento me salvó, porque esa noche se lo llevan secuestrado.”